Un invitado escamoso en el salón 3-E
Era una mañana
tranquila en la Escuela del Valle. El maestro Henry ajustaba sus lentes
frente al pizarrón mientras escribía el tema del día. Todo marchaba con
absoluta normalidad, hasta que un curioso ¡crunch, crunch! rompió el
silencio desde el rincón donde guardaban las mochilas.
El gran descubrimiento
Paulina, que buscaba su lápiz de color verde en el
suelo, se agachó y de repente se quedó congelada.
—Maestro... —susurró
Paulina levantando la mano muy despacio—. Creo que esa mochila verde con
textura de escamas se está moviendo.
Mateo, el más curioso del grupo, se asomó por
debajo de su pupitre y abrió los ojos como platos: —¡Eso no es una mochila,
Paulina! ¡Es un cocodrilo de verdad!
El reptil, de un metro
de largo y con una dentadura bastante imponente, salió con calma de su
escondite y caminó hacia el centro del salón. El maestro Henry, intentando
mantener la compostura docente (aunque la tiza se le partió en tres pedazos del
susto), tomó una regla grande y se puso al frente.
—Muy bien, clase...
mantengamos la calma —dijo el maestro Henry con voz temblorosa—. Esto es solo
una... lección práctica no planificada.
El plan de rescate
Andrés, siempre observador, analizó rápidamente la
ruta de entrada: —Debe de haber entrado por la puerta trasera que da al río del
parque. Seguro buscaba sombra... o tal vez quería aprender a restar.
Mientras los demás
niños no sabían si salir corriendo o tomarle una foto, la niña Celeste
mantuvo la cabeza fría. Sabía que los animales salvajes se asustan fácilmente
cuando hay mucho ruido, así que actuó con astucia:
- Celeste: «Tranquilos todos, no hagan
movimientos bruscos», dijo en un susurro. Sacó un pedazo de lonche de
su mochila y trazó una ruta en el piso hacia la salida.
- Paulina y Mateo: Ayudaron a mover las sillas en absoluto
silencio para dejarle el paso libre.
- Andrés: Corrió despacio hacia la puerta del
jardín y la abrió de par en par.
El cocodrilo olfateó
el aire, miró al maestro Henry como pidiendo permiso para retirarse de la
clase, y comenzó a seguir despacio el rastro de comida hacia el exterior.
Un final para recordar
En cuestión de
minutos, el pequeño visitante estaba a salvo en el césped del patio, donde los
guardabosques —a quienes el maestro Henry llamó de inmediato— pudieron
asegurarlo para llevarlo de vuelta a la reserva natural.
—Bueno —dijo el
maestro Henry suspirando con alivio mientras se acomodaba la corbata—, creo que
Celeste, Paulina, Andrés y Mateo se han ganado una calificación perfecta en
Biología hoy.
Desde aquel día,
afuera del salón 3-E cuelga un letrero pintado por los propios niños que dice:
"Bienvenidos
todos los alumnos a la clase... excepto los que tengan más de 60 dientes
afilados".