miércoles, 29 de julio de 2026

ESPAÑOL / COMPRENSION LECTORA / JULIO 29 2026


Un invitado escamoso en el salón 3-E

Era una mañana tranquila en la Escuela del Valle. El maestro Henry ajustaba sus lentes frente al pizarrón mientras escribía el tema del día. Todo marchaba con absoluta normalidad, hasta que un curioso ¡crunch, crunch! rompió el silencio desde el rincón donde guardaban las mochilas.

El gran descubrimiento

Paulina, que buscaba su lápiz de color verde en el suelo, se agachó y de repente se quedó congelada.

—Maestro... —susurró Paulina levantando la mano muy despacio—. Creo que esa mochila verde con textura de escamas se está moviendo.

Mateo, el más curioso del grupo, se asomó por debajo de su pupitre y abrió los ojos como platos: —¡Eso no es una mochila, Paulina! ¡Es un cocodrilo de verdad!

El reptil, de un metro de largo y con una dentadura bastante imponente, salió con calma de su escondite y caminó hacia el centro del salón. El maestro Henry, intentando mantener la compostura docente (aunque la tiza se le partió en tres pedazos del susto), tomó una regla grande y se puso al frente.

—Muy bien, clase... mantengamos la calma —dijo el maestro Henry con voz temblorosa—. Esto es solo una... lección práctica no planificada.

El plan de rescate

Andrés, siempre observador, analizó rápidamente la ruta de entrada: —Debe de haber entrado por la puerta trasera que da al río del parque. Seguro buscaba sombra... o tal vez quería aprender a restar.

Mientras los demás niños no sabían si salir corriendo o tomarle una foto, la niña Celeste mantuvo la cabeza fría. Sabía que los animales salvajes se asustan fácilmente cuando hay mucho ruido, así que actuó con astucia:

  • Celeste: «Tranquilos todos, no hagan movimientos bruscos», dijo en un susurro. Sacó un pedazo de lonche de su mochila y trazó una ruta en el piso hacia la salida.
  • Paulina y Mateo: Ayudaron a mover las sillas en absoluto silencio para dejarle el paso libre.
  • Andrés: Corrió despacio hacia la puerta del jardín y la abrió de par en par.

El cocodrilo olfateó el aire, miró al maestro Henry como pidiendo permiso para retirarse de la clase, y comenzó a seguir despacio el rastro de comida hacia el exterior.

Un final para recordar

En cuestión de minutos, el pequeño visitante estaba a salvo en el césped del patio, donde los guardabosques —a quienes el maestro Henry llamó de inmediato— pudieron asegurarlo para llevarlo de vuelta a la reserva natural.

—Bueno —dijo el maestro Henry suspirando con alivio mientras se acomodaba la corbata—, creo que Celeste, Paulina, Andrés y Mateo se han ganado una calificación perfecta en Biología hoy.

Desde aquel día, afuera del salón 3-E cuelga un letrero pintado por los propios niños que dice:

"Bienvenidos todos los alumnos a la clase... excepto los que tengan más de 60 dientes afilados".